Mi nombre es Loli Molinos y estoy implantada desde Diciembre del 2000. Este relato ha sido escrito por mi hermana Inés, lo ha relatado en primera persona y con él ha ganado el 2º premio del concurso de literatura patrocinado por la Diputación Foral de Bizkaia. Me gustaría que lo pudieran incluir en la revista “Integración”. Reciban un cordial saludo.

Me despierto, no puedo dormir. Son las 2 de la mañana y me levanto. Él duerme plácidamente, no quiero despertarle. ¡Cuánto tengo que agradecerle! Durante los últimos 30 años ha estado ahí, ayudándome con una gran paciencia.
Allí estaba la pizarra, colgada en la pared de la cocina. Él la había puesto ahí y era como mi otro yo, allí él me escribía lo que yo no podía oír, lo que yo no acertaba a leer en sus labios, también estaban las luces en lo alto de la pared. Si sonaba el teléfono se encendía la luz roja; si era el timbre de la puerta, la verde; y si era el portero automático, la amarilla.

Él seguía durmiendo sin darse cuenta de que yo le observaba en el silencio de la noche, ¡Dios mío! ¡Cuánto le quería!, ¡Cuánto le debía! Nadie había hecho tanto por mí.
Al lado de la cama, encima de la alfombra, dormía “Lagun”, también me lo había traído él, se lo había encontrado en la calle, abandonado, y era un cachorrillo, ahora era ya viejo, ¡pero me había ayudado tanto en este tiempo de silencio! Antes de que nadie tocara el timbre, ya me lo anunciaba él con sus ladridos. ¡Era fantástico!
Miré el reloj, eran las 4 y no podía dormir, ¡no quería dormir! “¡Mi vida iba a cambiar tanto con el nuevo día!”. Miré de nuevo la pizarra y volví a releer por enésima vez “Llevar todos los informes médicos a la clínica y no desayunar”. ¡Cuánto había esperado este momento! Me había preparado concienzudamente, con psicólogos para esta operación; iba a ser muy duro, lo sabía, y había llorado mucho, pero ya estaba preparada, sabía el riesgo que iba a correr y no me importaba, quería quitarme esta pesadilla que me acompañaba ya 30 largos años de mi vida, primero por mí, pero sobre todo por él. Poder hablar con él sin que me contestara la pizarra, ¡poder oír! ¡Dios mío! Oír. Hablar con mis hijos, sin que se desesperen porque no les oigo, oír el mar. La música, el canto de mis jilgueros, el ruido de los coches, poder ir sola al médico. ¡Tenía que salir todo bien! No podía ser de otra manera. Como una niña esperaba el nuevo día, iba a ser otra persona.

Llegamos al hospital Ntra. Sra. de Aranzazu en San Sebastián. A la entrada nos esperaban las cámaras de EITB. Ellos iban a grabar toda mi operación y la posoperación. Habían contactado conmigo para convencerme pues iban a emitir un programa que se llamaría HOSPITAL, y ya están grabando operaciones muy novedosas, y ésta lo era, por supuesto de una forma totalmente altruista, para animar a personas que se encontraban en mi misma situación y no se atrevían a operarse. Yo, claro, accedí siempre que fuera para hacer bien a otras personas.
La operación fue todo un éxito. El doctor Algaba, un gran cirujano y especializado en operaciones de Implantes Cocleares, y su ayudante la doctora Mercedes Fernández de Pinedo, una gran profesional otorrinolaringóloga y una gran mujer, hicieron un trabajo inmejorable y me trataron con un cariño que no olvidaré jamás.
La operación consistió en introducir en la cóclea un aparato con 24 electrodos y colocar otro igual en la parte exterior de la cabeza, lo más cercano posible al que va por dentro. Estos electrodos tienen 24 sonidos altos y 24 bajos y tiene que estar equilibrados entre sí, yo tenía que decir cómo los oía para que pudieran ajustarlos hasta que me encontrara a gusto con el sonido.
El único sonido que oigo después de la operación es como canicas cayendo al suelo o como el ruido de plásticos, no identifico ninguna voz. Era como un bebé cuando empieza a hablar y conocer sonido.

Es una labor inmensa. Lloro y me desespero. Las voces de mi marido y mis hijos y las de mi familia son diferentes a como yo las recordaba y tengo que aprenderlas de nuevo. Hay otra persona a la que tengo mucho que agradecer, es Coro la logopeda, es la que me enseña a distinguir los sonidos. Ella dejaba caer una cuchara y yo le decía que era una persiana; fueron muchos días de sacrificios, de venirme abajo y levantarme, pero no quería regresar a casa hasta triunfar, y lo conseguí. Mercedes y Coro me decían que no habían visto una persona con tanto tesón y fuerza de voluntad. Unos amigos nos dejaron su piso de San Sebastián para que no tuviéramos que venir todos los días desde Bilbao y la verdad es que nos hicieron un gran favor.

Mantuvimos una buena amistad con los cámaras de EITB pues fueron muchos días de grabación y de verme luchar día tras día.
Por fin llegó el día de volver a casa. Estaba muy emocionada. Llovía sobre Bilbao, mientras mi marido aparcaba el coche en el garaje, yo me dirijo a casa. Y el ruido de las gotas de lluvia golpeando sobre mi paraguas me parece música celestial. Ya no tengo que agudizar la vista al cruzar las calles, oigo perfectamente el ruido de los coches y camino segura. Soy otra persona, pero no bajo la guardia. Sigo trabajando con ejercicios que me han recomendado. Cojo el teléfono desde el primer día para ir identificando las voces y claro, ¡qué maravilla sentarme en la mesa a la hora de comer y hablar cara a cara con mi marido y mis hijos! Era feliz, inmensamente feliz. “Lagun” saltaba sobre mí, como diciéndome que no me fuera otra vez.

Al día siguiente me llamó mi hermana y me dijo que tenía dos entradas para ir a la ópera y a ver si me animaba. Ya lo creo que me animaba. No lo dudé. La ópera era “Nabuco” de Verdi y se representa en el Palacio Euskalduna con la Orquesta Sinfónica de Euskadi y el coro de la Ópera de Bilbao. Me puse mis mejores galas y me dispuse a disfrutar. La experiencia fue increíble pues no había ido a la ópera desde que era muy joven y se representaban en el Coliseo Albia. Me encantaba la música clásica y no había podido disfrutar de ella hacía ya 30 años. En el entreacto salimos a tomar algo y hubo gente que se me quedaba mirando como si diciendo ¡de qué la conozco!, una señora se atrevió a preguntarme ¿tú eres Loli, la del programa Hospital? Y de verdad ¿oyes bien? Pues claro, le contesté, con una sonrisa de satisfacción.
Aquella noche llegué a mi casa muy emocionada y al entrar en la cocina, de repente me fijé en la pizarra, y unas lágrimas corrieron por mis mejillas, me salió del alma aquella frase ¡Adiós pizarra adiós! Ya no te necesito más.
¡HASTA NUNCA!

