¡Socorro, escucho borroso!

Dámaris Estévez

Dámaris Estevez es maestra de Educación Especial, escritora y apasionada de la música, disciplinas que han marcado profundamente su forma de entender y narrar el mundo. Su vida dio un giro inesperado con la aparición de una hipoacusia progresiva que transformó su manera de escuchar, sentir y expresarse. Lejos de rendirse, encontró en los implantes cocleares, la literatura y la música nuevas formas de reconstruirse. Con esta vivencia, Dámaris nos invita a reflexionar sobre la diferencia, la inclusión y la fuerza de reinventarse.

Todo iba bien… o al menos eso creía.

Vivía con la velocidad de quien no quiere mirar atrás. Pedaleaba fuerte entre estudios, amistades, acordes musicales y clases en la universidad. Los dolores de oído eran una molestia crónica, una sombra que arrastraba desde la infancia, pero nada que no pudiera achacarse al estrés o al clima húmedo de una isla. Vivía en Sevilla, lejos de mis médicos, lejos de mi origen y muy cerca del ruido incesante de la rutina.

La pérdida auditiva apareció como una grieta invisible. Primero leve, luego intermitente, después constante. Me dijeron que no era nada grave. Solo un poco de pérdida. Pero ahí empezó todo: la carrera de fondo más importante de mi vida.

Con el paso del tiempo, dejé de escuchar palabras. Luego dejé de entenderlas. Finalmente, dejé de buscar explicaciones. Lo normal se volvió ajeno; lo habitual, inalcanzable; lo evidente, invisible.

Y entonces… llegó la noticia más dulce y más aterradora. Estaba embarazada. Un hijo. Mi “huevo Kinder”. Una explosión de felicidad… empañada por vértigos, mareos, otitis y, finalmente, el diagnóstico: hipoacusia bilateral. Perdía audición. Sin pausa. Sin retorno.

Me resistí. Me negué. Fingí entender. Asentía sin comprender, reía cuando no tocaba y fingía que las palabras aún llegaban a mí. Pero un día alguien me lo dijo, sin anestesia:

—No escuchas.

Así, sin filtros. Como si pronunciarlo hiciera real aquello que yo misma no quería aceptar.

Soy graduada en Magisterio de Educación Especial; sé leer audiometrías. Vi mis propios datos… y fue como ver un futuro que se desmoronaba en silencio: sordera moderada en solo cuatro años.

Vino después un peregrinaje de diagnósticos fallidos, pruebas, desinformación y desesperación. Me hablaron de otoesclerosis, de prótesis, de operaciones simples. Me compré audífonos que no sirvieron. Me sentí estafada por la esperanza. Y entonces llegó el golpe final:

—No es otoesclerosis. Es hipoacusia bilateral progresiva. Llegarás al silencio absoluto. Algún día te alcanzará ese silencio impuesto del que tanto has corrido y temido.

Lloré. Como se llora lo que no tiene consuelo. Pensé en mi hijo, en su voz, en mi música. ¿Qué sería de mí sin el sonido del mundo?

Recordé entonces los implantes cocleares. Sabía de su existencia, pero no si serían para mí. Tenía miedo. Miedo emocional. Miedo al cambio. Miedo a fallar. Pero el miedo se volvió decisión el día en que mi hijo se atragantó en el salón… y yo, en la cocina, no escuché los gritos. Solo me enteré cuando me tocaron el hombro. Lo encontré ahogándose y, aunque reaccioné a tiempo, en mi cabeza solo retumbaba una frase: “Esto no puede volver a pasar”.

Pedí la operación. Decidí confiar. No podía permitirme no escuchar.

Mi entorno no sabía lo profunda que era mi pérdida auditiva. Me había convertido en una experta del disimulo: la que canta, la que compone, la que sonríe… Pero todo era memoria y vibraciones. La música, hasta ese momento, vivía solo en mi piel y en mi recuerdo.

La activación del implante fue una revolución. Sonidos que volvían. Otros que eran nuevos. Ruido que debía convertirse en significado. Una nueva infancia sonora. Aprender a escuchar otra vez.

Cuatro años después… toco el saxofón. Sí, ese instrumento que un día creí inalcanzable. Vibro con sus notas; lo hago hablar por mí. La música ha vuelto a mi vida, ahora filtrada por una tecnología milagrosa y una voluntad férrea.

He ganado tres concursos literarios de narrativa corta y poesía. Publiqué mi primera antología: El eco de tus pasos, donde cada texto es una forma de atrapar lo que una vez se me escapó: el sonido del alma.

Y, finalmente… el gran proyecto. Mi cuento, mi tesoro: Negro, suave y blandito, protagonizado por Roberto, ese personaje que, como yo, no encaja del todo, pero que encuentra su valor en su diferencia. Roberto enseña que no todo lo invisible es débil, que a veces la suavidad es fuerza y que la diversidad no resta, sino que amplía.

Roberto me enseñó a mirarme con ternura. A entender que ser distinta no es ser menos. Que, a veces, quienes escuchamos borroso vemos más claro. Que se puede volar, incluso sin alas.

Hoy sigo luchando. Las mascarillas, los prejuicios, las frases hirientes como “que te atienda otra persona” o “eres un peligro porque no escuchas igual” siguen presentes. Pero ahora ya no me escondo.

Quiero ser sorda, escuchando borroso, y volar libre, sin que nadie me corte las alas.

Porque la diferencia no es una barrera, es una forma distinta de habitar el mundo.
Porque aceptar lo que somos es el primer paso para transformar lo que nos rodea.
Porque cuando nos incluimos a nosotras mismas, abrimos la puerta para que otros también entren.

La diversidad no necesita compasión, necesita oportunidades. La inclusión no es un favor, es un derecho.

Y la autocompasión no es resignación: es revolución.

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